lunes, 21 de abril de 2014

'Napoleón en Chamartín', de Benito Pérez Galdós


Parece que fue ayer... Sí, parece que fue ayer cuando empezábamos esta andadura descubriendo los Episodios Nacionales de don Benito Pérez Galdós, y vamos ya por el quinto volumen de la primera serie. Y digo ingenuamente 'ya', pues la verdad es que todavía nos quedan por delante cinco volúmenes más de la primera serie y las series segunda, tercera, cuarta y quinta completas. Pero poco a poco todo se andará. Por lo menos acabaremos- o eso espero- las aventuras del querido Gabriel- poco a poco va dejando de ser Gabrielillo-. Y luego ya se verá...

Pero antes de comenzar con mis impresiones de este episodio quisiera recordaros que sigo con la edición de JdeJ Editores, facsímil de la primera edición ilustrada revisada por Galdós, y por lo tanto con las reglas ortográficas del momento.

Sinceramente no sé lo que esperaba de este nuevo episodio, Napoleón en Chamartín. Lo que sí puedo asegurar es que me ha gustado mucho lo que me he topado: viejos amigos, nuevos personajes memorables, poca batalla y mucha vida por las calles y tabernas de Madrid, el humor irónico y sarcástico de los episodios anteriores así como un lenguaje coloquial lleno de refranes y dichos populares y una narración ágil, amena, muy entretenida que muestra nuevamente la habilidad de Galdós que a estas alturas, todo sea dicho, no resulta ya una sorpresa. 
"El Sr. D. Diego Hipólito Félix de Cantalicio Afan de Ribera, Alfoz, etc., etc., conde de Rumblar y Peña Horadada, hacía en Madrid la siguiente vida:
Levantábase tarde y después de dar cuerda á sus relojes, se ponía á disposición del peluquero, que en poco más de hora y media le arreglaba la cabeza por fuera, que por dentro sólo Dios pudiera hacerlo."
El Gran Capitán
Con el tunante y bribonzuelo de Don Diego, juerguista de todo y lomo y con una ingenuidad de padre y muy señor mío comienza Galdós este nuevo episodio. Las andanzas del joven don Diego por los altos, medios y bajos fondos de Madrid- estos últimos los más frecuentados- nos llevará a conocer las ruidosas tabernas  los salones de la Zancuda o la Pelumbres, las fiestas de Rosa la Naranjera, de los saraos y otros garitos así como la belleza de la Zaína, mujer de armas tomar que roba el sentido a don Diego y ayuda a menguar su bolsa. También nos toparemos de nuevo, y muy cerca siempre de don Diego, a Santorcaz, que esconde tras su amistad con el simple y manirroto don Diego oscuras intenciones hacia doña Inés- ya todos sabemos a estas alturas de la relación que les une, ¿verdad?-, y a doña Amaranta.  Inés se erige por razones diversas en el centro focalizador de estos tres personajes, don Diego, Santorcaz y Amaranta- y por supuesto de Gabriel, que vive sin vivir en él por los amores de la dulce joven.
 
Más allá de la trama Inés, el otro personaje que aglutina en torno a él no solo a estos y al resto de personajes sino diría que a todo Madrid es Napoleón, o como le denominaría Vuestra Paternidad el padre Salmón, Napoladrón.
 
La toma de Madrid por parte de las tropas napoleónicas, por el ejército del córcego, de ese emperadorzuelo, tiene a todos muy alterados. El pueblo con ganas pero sin preparación y muy escasos medios hace pronosticar el desastre. El único que parece mantener el ánimo y negar la evidencia es el Gran Capitán, el Quijote de Chamartín, el último patriota en rendirse.
La Zaína
Las pretensiones de Napoleón exaltan y exacerban los ánimos patriotas, pero Galdós introduce aquí un agudo contrapunto cuando el mencionado padre Salmón, muy querido y muy ducho en la fabricación de jaulas de grillo y labores culinarias abomina de las medidas que Napoleón y su gobierno de la botella va a tomar en breve, sobre todo aquellas referidas a la Iglesia, su organización y propiedades. El padre Castillo, hombre más culto e instruido, muestra una mayor objetividad al valorar muy positivamente algunas de esas medias que  considera ya deberían haber sido tomadas con anterioridad por el gobierno patrio. Visto lo que vino después con el siguiente Borbón- ¡caramba con los Borbones!- "¡Viva Fernando VII!", el gobierno afrancesado más que opresor bien pudiera ser un gobierno liberador.
"- Ya se ve- exclamó el dominico, sin disimular su enojo.- Sin eso no se podía pasar. Afuera Inquisición, y vengan herejes, y lluevan masones, ¿qué les importa esto á los que no se cuidan de lo espiritual? 
- Poco significa eso- dijo Castillo;- porque el Santo Tribunal casi no existe ya de hecho, abolido por la suavidad de las costumbres.  
- Pero se conservan las fórmulas, señor mío- contestó con aspereza el dominico,- y las fórmulas tienen gran fuera, Verdad es que no se quema, que no se descuartiza (lo cual, dicho sea de paso, es excesiva blandura, según estamos hoy comidos de heregía); pero hay todavía degradaciones y simulados tormentos, que tienen muy buén ver para los malos."
Tristemente el pueblo aparece en algunos momentos  a ojos de Galdós  como una masa fácilmente manipulable, que llega a cometer atrocidades de modo irreflexivo o movido por bajas pasiones, un monstruo despiadado y sin sentido. Es un pueblo el de España de risa y canto, de pillería y bravuconería, sobrepoblado de clérigos, y que aún no tiene del todo claro por qué lucha, si por restaurar el orden anterior o por dar un paso adelante, hacia las luces, hacia el progreso.
 
Espero que Isi, Mónica o Loque, organicen bien pronto la siguiente lectura conjunta. No deberíamos dejar por mucho tiempo y a su suerte al bueno de Gabriel, prisionero camino de Francia...
 


lunes, 14 de abril de 2014

'Reencuentro', de Fred Uhlman



"Ingresó en mi vida en febrero de 1932 y ya no ha salido de ella. Desde entonces ha transcurrido más de un cuarto de siglo, han pasado más de nueve mil días, inconexos y tediosos, vacíos debido a las sensación del esfuerzo o el trabajo inútiles... días y años, muchos de ellos tan muertos como las hojas muertas de un árbol seco."

Así de intenso y desgarrado es el comienzo de Reencuentro, de Fred Uhlman. Hans Schwartz es el narrador que, desde la perspectiva que dan los años, recuerda y evoca los intensos meses de amistad vividos en Stuttgart con el joven conde Konradin von Hohenfels.
 
Hans es en 1932 un muchacho de dieciséis años, tímido, inteligente y algo solitario, hijo de judíos burgueses. Tiene amigos en el Karl Alexander Gymnasium de Stuttgart en el que estudia pero ninguno de ellos llega a hacer justicia a su "ideal romántico" de la amistad.
"(...) ninguno que yo admirara realmente, ninguno por el cual hubiera estado dispuesto a dar la vida, ninguno capaz de entender mi exigencia de confianza, lealtad y abnegación totales."

Ninguno hasta que apareció el refinado y elegante Konradin, perteneciente a uno de los más antiguos e ilustres linajes de Alemania.

Como si de una relación amorosa se tratase, Hans sufre todos los síntomas del enamoramiento: se siente subyugado, fascinado y cohibido a partes iguales, todo lo de él le atrae e interesa, y busca su mirada y atención, su admiración. Desea incluso una relación de exclusividad.
"Sentía, de alguna manera, que era mío y solo mío, y no quería compartirlo con nadie." 
Fred Uhlman (Stuttgart, 1901- Londres,1985)
La amistad de esto dos jóvenes se consolida. Aficiones e intereses comunes, pequeños viajes, charlas sobre religión o los clásicos, sobre los sueños por cumplir,... llenan sus horas juntos. Pero, siguiendo con el símil amoroso- y recordemos que nos hayamos en Stuttgart, Alemania, en 1932- podríamos decir que una tercera persona se entromete en la relación. El intruso, el tercero en discordia se llama Adolf Hitler.
 
Y así, Hans y Konradin dejan de ser solo dos personas, dos individuos, dos amigos, pierden su identidad individual para ser considerados elementos de los colectivos enfrentados: el de los judíos o el de los seguidores de la doctrina nazi. Hans y Konradin al parecer ya nunca más serán simplemente Hans y Konradin.
 
Pero tras los años, la futilidad de la vida, la sensación de pérdida y abandono, el desencuentro, la desconfianza que siente Hans, ¿es posible un reencuentro? ¿Se puede después de todo lo vivido?
"Mis heridas no han cicatrizado, y quienes me traen el recuerdo de Alemania no hacen más que frotarlas con sal." 
Fred Uhlman presenta en esta bella novella el tema del nazismo- reiteradamente tratado en literatura- desde una perspectiva más íntima e individualista. Ya no es el nazismo una masa, una raza, una religión contra otra masa, otra raza, otra religión. Es ahora el odio entre individuos. Es la negación de la amistad. Es el olvido de lo común, de lo que une. Es el miedo a lo diferente. Y no es, desde luego, el error de unos pocos, sino de todo un pueblo que de una manera activa o de modo más pasivo ha permitido la aberración, la monstruosidad.

Precioso este Reencuentro de Uhlman. Lectura emotiva, dura, tierna y esperanzadora. Quizá todos necesitemos estas historias para, como Hans, poder volver a confiar, a creer.
"Recuerdo el día y la hora en que fijé los ojos por primera vez en este muchacho que habría de ser la fuente de mi mayor dicha y de mi mayor desesperación."

 

lunes, 7 de abril de 2014

'La nieta del señor Linh', de Philippe Claudel


"No sé muy bien por dónde empezar". Así da comienzo Almas grises, de Philippe Claudel, y así podría comenzar yo también la reseña esta otra novela del autor. Pero empecemos entonces, ante la duda, por el principio...  
"Un anciano en la popa de un barco. En los brazos sostiene una maleta ligera y a una criatura, todavía más ligera. El anciano se llama Linh. Es el único que lo sabe, porque el resto de las personas que lo sabían están muertas."
Así, con un comienzo de gran fuerza visual- casi una acotación teatral- y con la presentación del escenario y los personajes principales, se abre la historia de La nieta del señor Linh, una nouvelle construida básicamente de imágenes, con escasísimos diálogos y muchos silencios, los del señor Bark, los del señor Linh, los de su nieta. Silencio y desarraigo. Silencio y soledad. Silencio y amistad.

"(...) viento que sopla y lo zarandea como una marioneta."   

Pero más que el viento lo que realmente zarandea al señor Linh es la vida. La vida y la muerte. La guerra que ha destruido su pequeña aldea, que se ha llevado a su hijo y a su nuera. La maldita guerra que le ha arrancado de su tierra- aunque haya podido conservar un puñado de ella- y le ha llevado a un país extranjero, extraño, desconocido, de coches y ruidos, de gente que no mira a la cara, de gente, mucha gente, que acentúa su desgarradora soledad. Solo le queda Sang Diu, su nieta, su "mañana dulce", que le da las fuerzas que le faltan para seguir adelante, para desear seguir vivo...

Philippe Claudel (Nancy, 1962)
Pero en ese zarandeo, en ese arrastre sin sentido, necesita, se le hace imprescindible un asidero, un referente. Y en una de sus salidas de la casa de refugiados en la que los han alojado, un día cualquiera sentado en un banco con su nieta sobre sus rodillas, abrigados los dos con numerosas prendas superpuestas para protegerse del intenso frío, conoce al señor Bark.

El señor Linh y el señor Bark simbolizan dos soledades que se encuentran, dos de las múltiples facetas de la soledad. Los dos intentan recordar, volver.  Desgraciadamente...

"No es posible volver a lo que se ha perdido"

Y forjan los dos, en idiomas diferentes, y sin entenderse verbalmente, una amistad de silencios y confesiones, de una mano sobre el hombre y un ¡buenos días!, una amistad de encuentros, palabras incomprendidas y escuchas cómplices. Los dos lograrán escapar del yugo de la soledad y su doloroso vacío. Bark además hallará en esta amistad una especie de redención y Linh aprenderá a confiar de nuevo en los hombres y en el futuro. 
"(...) rodea a su amigo con los brazos, sintiendo el cuerpo de Sang Diu protegido y no aplastado entre los suyos."
Apenas ciento veintiséis páginas componen esta pequeña gran novela. Es verdad que los temas no son del todo originales, que se intuye quizá en demasiadas ocasiones esa búsqueda deliberada por parte del autor de enternecer al lector, que el (sorpresivo) final podría haber sido menos de bombo y platillo y más melódico y armonioso, pero sin duda La nieta del señor Linh es una historia bien contada, con sencillez y sin alardes, una historia muy emotiva y que propicia una reflexión posterior del lector. El desarraigo, la amistad, la soledad, la culpa, la nostalgia de lo perdido, la muerte. Cada lector, cargado con su alforja de vivencias a la espalda, se sentirá de uno u otro modo tocado. La lectura de La nieta del señor Linh emociona y conmueve. Buena literatura.



lunes, 31 de marzo de 2014

'El niño perdido', de Thomas Wolfe

 
"(...) Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado."
 
Esta es parte de la dedicatoria que una buena amiga de entonces- el tiempo tristemente va marcando distancias- me escribió en el libro El arte de amar, de Erich Fromm, que releo de vez en cuando. La estrofa la memoricé pero no sé de quién es, no he tenido la necesidad ni la curiosidad. Pero me gusta. Y es que así es, o así lo creo. Y lo que cada uno de nosotros tiene enterrado, escondido- consciente o inconscientemente-, lo que nos va construyendo y haciendo ser son, en buena parte, los recuerdos. ¿Somos lo que recordamos? En gran medida, sí.
 
"La luz vino y se fue y vino de nuevo."
 
En El niño perdido Thomas Wolfe construye, a través de las evocaciones que algunos miembros de la familia hacen de momentos, de sensaciones, de vivencias, el recuerdo de un hermano, del pequeño Grover, víctima del tifus con apenas doce años.  
 
Thomas Wolfe, en propias palabras de William Faulkner uno de los grandes de la literatura americana- en la que destaca principalmente por sus relatos y literatura breve- ha dado vida aquí a una obra de arte. Con un lenguaje que resuena como una cantinela que se pega a los poros, con una sencillez arrolladora y una sensibilidad que agarrota la garganta el autor nos arrulla y nos acuna con la triste dulzura de un pasado que no volverá, de un hermano muy querido que se ha perdido para siempre. 
 
Thomas Clayton Wolfe (1900-1938)
El niño perdido es Grover, pero hay quizá más niños perdidos en esta historia: la niña que fue su hermana- "en casa de mamá yo era un poco la esclavita..."- el niño que fue el propio Thomas, al que Grover protegía y cuidaba,... La inocencia perdida, la de un tiempo sin retorno posible. 

"Recordar es la única manera de detener el tiempo", decía Jaroslav Seifert. Thomas Wolfe consigue detenerlo en las  noventa y tres páginas de esta deliciosa lectura, pero sabe que no podrá alargar más esa pausa, ese momento. La avenida King le enfrenta de bruces con la realidad de un presente casi ajeno.

"No le dije que la avenida King en esa época no era una calle, sino una especia de camino abierto como por arte de magia entre unos terrenos sombríos y encantados, y que para mí estaba mezclada con la canción de 'Tom,Tom, the Piper's Son', con panecillos de cuaresma, con toda la luz que iba y venía y con las sombras de las nubes que pasaban sobre las montañas, con el viaje a Indiana aquella mañana y el olor del humo de los motores, con Unión Station y, sobre todo, con las voces lejanas y perdidas que hace tanto tiempo atrás decían: 'Avenida King'.
No le dije estas cosas sobre la avenida King porque miré a mi alrededor y vi en qué se había convertido la avenida King."
Y es casi entonces cuando se da cuenta de que es el adiós definitivo. Adiós al niño perdido. Adiós quizá al niño que todos fuimos.
"Todo aquello volvió y se apagó y se perdió de nuevo".
... Perdido ya para siempre.


lunes, 24 de marzo de 2014

'Es un decir', de Jenn Díaz


 "El día que cumplí once años mataron a mi padre."

Con esta aparentemente sencilla frase Mariela comienza en Es un decir la narración de la complicada vida de su abuela, su madre y ella misma tras la tragedia. Las tres mujeres serán el centro de esta historia en la que dos de ellas, principalmente Mariela, tendrán voz propia. La muerte del padre, o peor aun, el asesinato del padre marcará un punto de inflexión que determinará sus vidas en un pueblo de la España profunda de la posguerra, un lugar de murmuraciones, rumores y habladurías pero también de taimados silencios y oscuridad, de engaños y mentiras. 

Mariela querrá saber por qué mataron a su padre, por qué nadie quería enterrarlo,.. Querrá saber para liberarse, para superar el dolor por la muerte del padre, o al menos por la muerte de un padre imaginado y recreado. Pero quizá el saber, más que aligerar, acreciente ese dolor. Puede que ese saber implique más sufrimiento... Pero Marianela no se conforma y ha de crecer, ha de hacerse un señorita, ha de iniciarse en el mundo adulto, y eso implica conocer sus verdades y sus mentiras. Pero en la casa que comparte con su madre y con su abuela el silencio, el aislamiento, la soledad la rodean, la dañan, la asfixian, una asfixia que parecer ser marca (es un decir) de la casa. 
"(...) sin que me deje nada por decir, porque son tantas las cosa que me he ido callando, y ahora todo me pesa tan adentro, sin saber yo mientras guardaba las palabras que algún día me pesarían (...) se clavan por todas partes, las palabras, las dichosas palabras, que lo dicen todo y que no dicen nada..."

Las palabras silenciadas que asfixian por igual al que las calla y a quien ansía escucharlas. En la familia de Mariela las palabras importantes han sido calladas o falseadas y así la verdad tan solo "es un decir".  Es un decir... y Mariela tendrá que ir buscando la palabra exacta, la palabra precisa alejada de paradojas y contradicciones y destapar la verdad, lo que está por descubrir. Y la verdad desnuda, sin ambages, la verdad descarnada se encuentra aquí principalmente en el diálogo interior, en la relación con uno mismo en donde no hay apariencias, disimulos ni escondites.

Aunque heridas y maltrechas, las mujeres protagonistas de Es un decir son mujeres fuertes, mientras que los hombres son seres débiles, sin fuerza, extraños, poseedores de una libertad que las mujeres no conocen pero a los que la guerra ha desubicado y dejado sin rumbo ni arraigo. Mujeres y hombres...

... y verdades y mentiras. Silencios y confesiones. Amores y odios. Desencanto. Valor y cobardía. Rencores y perdones. Muerte y vida. Dos bandos.
"(...) es facilísimo idealizar a un muerto, porque nunca te va a decepcionar. (...) Del muerto es fácil hablar y confiar en él, es alguien que se adapta a tu necesidad, a tu añoranza, y se va moldeando hasta que es justo como tú deseas; a mí me pasó con mi padre, por eso sé tantas cosas sobre los muertos."
Os invito a leer, releer, descubrir, si es el caso, a Jenn Díaz (Barcelona, 1988). Vale mucho la pena. Y no es un decir... 


lunes, 17 de marzo de 2014

'La nariz', de Nikolái Gógol

 
La amiga bloguera Marybel Galaaz comenzaba su reseña de Todas las mujeres, de Guy de Maupassant, con esta sentencia, "Sabido es que Guy de Maupassant fue un loco".  Una gran verdad. Pero no ha sido, no es Maupasssant una excepción; la lista de escritores afectados por alguna enfermedad o trastorno mental  es tan extensa que se ha acabado por identificar de algún modo locura y creatividad. Muy creativos y algo locos fueron admirables autores como Poe, Lovecraft, Alejandra Pizarnik, Virgina Woolf, Marcel Proust, Shelley, Silvia Plath, Hemingway y tanto otros. Y entre estos grandes locos se halla también Nikolái Gógol, nuestro genio-loco protagonista de hoy.
 
Nikolái Vasílievich Gógol nació en Poltava, Rusia, en 1809 y falleció en Moscú a la edad de cuarenta y dos años como consecuencia de una infección intestinal derivada de las alucinaciones que le llevaron a rechazar cualquier tipo de alimento. Nikolái Gógol, el creador de la novela rusa.
 
El relato que os acerco hoy, La nariz, forma parte de un libro de mayor extensión, Historias de San Petersburgo, integrado por relatos que el autor situó en esta ciudad en la que vivió durante apenas un año. En La nariz se aglutinan muchas de las características de su prosa, cuya cumbre alcanzó con la novela Almas muertas. Es La nariz una narración humorística, satírica, fantástica y con un punto surrealista, pura ficción para acercarnos a su realidad, la que percibió en San Petersburgo durante su estancia: una sociedad ceñida a convencionalismos sociales y atiborrada de burócratas vanidosos. 
"El 25 de marzo tuvo lugar en San Petersburgo un insólito suceso. Un barbero de la avenida Voznesenki, Iván Yákovlevich- se desconoce su apellido, el cual se había borrado y nadie se había molestado en volver a grabar sobre el rótulo del señor con la mejilla enjabonada y la leyenda 'También se hacen sangrías'-, el barbero Iván Yákovlevich, decía, se despertó bastante temprano y percibió el olor a pan caliente. Al incorporarse ligeramente en la cama, comprobó que su esposa, una dama bastante respetable a la que le encantaba beber café, sacaba del horno en ese preciso instante el pan recién horneado."

De este modo, con el aroma del pan recién salido del horno, da comienzo la historia en la que  no una nariz cualquiera sino la del mayor Kovaliov cobrará especial e inusitado protagonismo.  Desde ese 25 de marzo hasta el 7 de abril seremos testigos de la huida y andanzas de la nariz y de las peripecias y angustias del mayor que llegará  casi a la desesperación al ver cómo su nariz tiene vida propia, incluso vida social, y cómo llega a usurpar un cargo muy respetable, y lo que es más,  superior en relevancia al del propio Kovaliov. 
 
El relato se lee con una permanente sonrisa, alguna carcajada, y creciente interés por conocer los derroteros por los que nos llevará Kovaliov y su nariz. Y es que, como lectores, también formamos parte de la fantástica historia y la hacemos real durante las setenta y siete páginas. Además, en la edición de la editorial Gadir el texto, como veis, viene acompañado, muy bien acompañado diría,  por las ilustraciones de Esther Saura Múzquiz que complementan estupendamente la lectura.
 
Quienes de vosotros conocéis ya  la prosa de Gógol disfrutaréis mucho con este genial relato, sin duda. Y aquellos que todavía no habéis leído nada del autor tenéis en La nariz una estupenda oportunidad de acercaros a su obra.
"- Perdóneme, no alcanzo a comprender qué pretende decirme... Explíquese... (...)
-  Bueno, yo... yo, por otra parte, soy mayor. Ando sin nariz y convendrá usted que esto es un indecencia. (...)"     

   

lunes, 10 de marzo de 2014

'Las dos señoras Abbott', de D. E. Stevenson


Después de haber leído El libro de la señorita Buncle y El matrimonio de la señorita Buncle se hacía inevitable la lectura del tercer y último título de la serie. La intención era, a decir verdad, leer Las dos señoras Abbott en inglés- no sabía cuándo lo publicaría Alba y tenía muchas ganas de ponerme con él-  pero un pequeño incidente- el lamentable extravío de una bolsa conteniendo esta novela, publicada por Persephone, y otra de Nancy Mitford que casi me lleva a la desesperación- me hizo desistir. Por suerte, Alba no tardó mucho con la publicación. Agradecida les quedo.
 
Comencé Las dos señoras Abbott una tranquila tarde, mientras tomaba un té estrenando mi nuevo tea set Royal Albert- precioso aunque esté mal que sea yo quien lo diga- y con un espíritu sosegado, que Robert Walser denominaría "romántico-extravagante" (El paseo). La lectura no podía haber encajado mejor con este ambiente, este ánimo y esta predisposición al disfrute.
 
Corre el año 1942 y volvemos a encontrarnos con la querida Barbara Buncle, que sigue viviendo  en Wandlebury con su marido, el tranquilo Arthur. Ahora es madre de dos encantadores hijos, Simon y Fay, que llenan su vida de ternura, picardía e inocencia a partes iguales. La vida de los cinco, no nos olvidemos de la anciana Dorcas- Dorkie, le dicen los niños- transcurre apaciblemente aunque de fondo, muy de fondo resuena la II Guerra Mundial. A excepción de una breve escena en el frente- allí se encuentra luchando Sam,  el sobrino de Arthur y esposo de Jerry Abbott, y que ya conocemos de El matrimonio de la señora Buncle- y de una familia escapada de un Londres bombardeado, la guerra y su dolor es apenas imperceptible en las páginas de Las dos señoras Abbott. Se hace evidente que D. E Stevenson asumiría sin dificultad las palabras de Jane Austen
"Que otras plumas se ocupen de la culpa y las desgracias." 

El protagonismo, sin embargo y a diferencia de las dos novelas anteriores, no recae en Barbara de modo directo. De las dos Abbott, Jerry y su entorno adquieren una mayor relevancia. Aún así, Las dos señoras Abbott es una obra eminentemente coral en la que la autora va oscilando su foco sobre unos y otros, y sus varios asuntos

Con Barbara, Arthur, Jerry, Archie Chevis Cobbe- hermano de Jerry que ha evolucionado y madurado muy satisfactoriamente-, Lancreste- enamorado hijo de los Marvell-, algunos militares del regimiento alojado en casa de Jerry gracias a su generosidad, y otros personajes que se van uniendo- una joven y desorientada escritora de novela romántica, un querido personaje de la historia original en Silverstream,...-compartiremos reuniones de té y pastas, aunque estas un tanto escasas por las restricciones de la guerra,  amenas charlas, enredos y equívocos, amoríos varios, mercadillo benéfico en la plaza del pueblo, algún sustillo, paseos a caballo y más charla y té. Todos juntos configuran un afable grupo humano, buena gente con la que no cuesta el más mínimo esfuerzo encariñarse. 

Y una vez concluido el libro se cierra con pena- no sin una caricia de agradecimiento por los buenos momentos- y deseando que no hubiese terminado, con cierta sensación de no-plenitud, de ansias de más. Pero la historia, esta ligera y amable historia, es lo que es y dura lo que dura y con una sonrisa, eso sí con una sonrisa se ha de volver a la realidad. Una lástima tener que despedirse de estos personajes para siempre pero, como al parecer algunos de ellos aparecen en otras obras de la autora, será inevitable el encuentro en algún otro momento. Porque mi experiencia con D. E. Stevenson no acabará aquí.
 
Es gran verdad es lo que dice el filósofo y ensayista alemán Rüdiger Safranski,
"Aspirar directamente a la felicidad es de bobos, puesto que a la felicidad no se le acierta cuando la tenemos en el punto de mira. La felicidad es un epifenómeno. Algo hay que llevar a cabo que a uno le colme, amar a una persona o a alguna cosa, para que el epifenómeno conduzca a una sensación de felicidad. La felicidad no se consigue aposta." 
Pero de igual modo es verdad que en ocasiones resulta muy fácil lograr esos momentos de felicidad, y con bien poco. Un libro, por ejemplo.

lunes, 3 de marzo de 2014

'El amante', de Marguerite Duras


" (...) devastado. (...) Tengo un rostro lacerado por arrugas secas, la piel resquebrajada. No se ha desecho como algunos rostros de rasgos más finos, ha conservado los mismos contornos pero la materia está destruida. Tengo un rostro destruido."
Marguerite Duras (Indochina, 1914- París, tal día como hoy de 1996) a sus setenta años y tras salir de una intensa cura contra sus problemas con el alcohol recupera en El amante un recuerdo de  adolescencia, su iniciación en el sexo, en la madurez: el encuentro en el transbordador del Meckong y la posterior relación con su amante, un rico comerciante chino de veintiséis años. Ella tenía "quince y medio". Indochina, lugar en el que transcurre la historia es un país en donde "no hay primaveras, no hay renovación" y en el que la protagonista, y su amante también en cierto modo,  se asfixia física y emocionalmente.
 
Pero ese recuerdo, lleno de sensualidad y erotismo, no es más que el epicentro en torno al que, como en una vertiginosa espiral, se ven atrapadas otras memorias, las evocaciones de la tensa relación con su familia: su madre, su hermano mayor y su hermano pequeño- nunca se mencionan sus nombres sino que se alude a ellos por la relación de parentesco que les une-; su hermano mayor, violento y  cruel -el Cazador-, su hermano pequeño siempre a su sombra y lleno de miedo, y una madre desequilibrada, que manifiesta abiertamente su preferencia por el hijo mayor y que despierta en su hija sentimientos encontrados que oscilan entre el amor y el odio.

"qué asco, mi madre, mi amor."  

Amor. Quizá el título de la novela pudiera hacer presagiar una tendencia temática, pero el odio y la muerte están tanto o más presentes que el amor. La muerte quizá sea finalmente la más recurrida y recurrente. El sustantivo muerte, que cierra precisamente la novela, el adjetivo mortal, el adverbio mortalmente y las distintas conjugaciones del verbo morir llegan a repetirse en más de ochenta ocasiones. La muerte de los hermanos, la muerte de la madre, la muerte del hijo al nacer,... la muerte física en distintos momentos de su vida. Pero también la muerte del alma, esa desidia de vivir, ese abandono... 
 

La relación con la muerte es en El amante más clara, digamos, más honesta que la que se establece con el amor. La autora no sabe...
"Ahora la madre y los dos hermanos están muertos. También para los recuerdos es demasiado tarde. Ahora ya no los quiero. No sé si los quise."
ni se permite...
"Lo hizo sin dejar ver una lagrima porque él era chino y esa clase de amantes no debía ser motivo de llanto."
Hay en ella una constante indecisión, una permanente duda.

En el recuerdo de su relación con su amante, Duras se desdobla: por un lado, el yo consciente, el yo del resto de la narración, de la evocación; por otro lado, una tercera persona, "la niña blanca", "la pequeña con sombrero de fieltro", "la putilla blanca",... que mantiene a cierta distancia, como extrañándola. Pero las dos, ella y yo son la misma personalidad compleja. Inocente. Pero ya no.  Porque la niña Lolita está al tanto de las miradas, de los deseos que despierta, de su atractivo, y finge ser y cree ser.
 
Nuestros recuerdos, aunque los creamos muy vívidos, son versiones- normalmente mejoradas- de nosotros mismos, que damos a los demás. Los recuerdos son tan solo una selección de recuerdos para optimizar nuestra propia imagen. Duras es una experta en trabajar con esos recuerdos. Gran parte de su obra gira en torno a los mismos temas: su vida, su familia.


"La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea."
Su historia es en realidad varias historias, varios libros en los que se ha ido reinventando a sí misma. Y en El amante noveliza parte de esos recuerdos-el grado de realidad o ficción no es sustancial aquí-  de manera magnífica, en párrafos cortos, frases breves de gran intensidad, saltando de un tiempo a otro, de un recuerdo a otro para volver más tarde al primero,... Y lo hace buscando la palabra precisa, dolorosa, pretendiendo quizá con la escritura exorcizar sus propios monstruos o aferrarse acaso a la vida...
"(..) tengo vagamente ganas de morir. Ya no vuelvo a separar esa palabra de mi vida. (...) Escribiré libros."   
El amante es una obra magistral que deja el poso denso y fuerte de la gran literatura, de la buena literatura y que, a pesar de sus pocas páginas, ha de ser leído a ritmo lento y en silencio, quizá releído para aprehender la sutileza de lo que no se dice, de aquello a lo que apenas se alude, de lo que se evoca entre líneas, de lo agazapado.

 

lunes, 24 de febrero de 2014

'La prima Phillis', de Elizabeth Gaskell


"La prima Holman me dio el semanario del condado para que lo leyera en voz alta mientras ella zurcía la medias amontonadas en una cesta con la ayuda de su hija. Leí sin parar, sin prestar atención a mis palabras, pensando en otras cosas: en el brillo del pelo de Phillis mientras el sol del atardecer iluminaba su cabeza inclinada; en el silencio de la casa, que me permitía oír el tictac del viejo reloj en mitad de la escalera; en la variedad de sonidos inarticulados que profería la prima Holman para mostrar su compasión, asombro u horror ante las noticias que yo les leía. La apacible monotonía del instante hacía que me sintiera como si siempre hubiera vivido y siempre fuera a vivir leyendo cadenciosos párrafos a mis dos silenciosas oyentes en aquella estancia caldeada por el sol, mientras el gatito dormía hecho un ovillo sobre la alfombrilla de la chimenea y el reloj de la escalera marcaba incesantemente el paso de las horas."
Hija de un pastor de la Iglesia Unitaria Elizabeth Cleghorn Stevenson (1810-1865) nació en Londres pero tras la muerte de su madre fue criada por una tía en el pequeño pueblo de Knutsford. Su boda en 1832 con William Gaskell, también ministro de la Iglesia Unitaria, la llevará junto con su marido a Manchester, un lugar en aquellos momentos superpoblado y conflictivo, con numerosas revueltas sociales como consecuencia de la incipiente e irrefrenable Revolución Industrial. En esa ciudad Gaskell desarrollaría constantes labores de caridad, propias de la esposa de un pastor. Su labor literaria la comenzará a edad un tanto tardía, tras el fallecimiento de su único hijo en 1845. He de reconocer que mi primera lectura de esta autora no fue ninguna de sus populares novelas sino la estupenda biografía que escribió de la admirada Charlotte Brontë y que sigue siendo obra de referencia hoy en día.

La prima Phillis (Cousin Phillis) es una de sus obras de madurez; fue publicada inicialmente por entregas en la Cornhill Magazine entre noviembre de 1863 y febrero de 1864, un año antes del fallecimiento de la gran autora victoriana. Cuatro capítulos configuran esta novella, en la que el pueblecito de Heathbridge podría considerarse de nuevo una evocación de su estancia en Knutsford, como lo fue en su momento Cranford, evocación de un trozo de mundo aún no intoxicado por el nuevo modo de vida y la nueva mentalidad que inevitablemente genera el avance de la Revolución Industrial.

Paul Manning, joven de diecisiete años al comienzo del relato, es el narrador de esta tranquila y conmovedora historia contada en retrospectiva. Manning, de Birmigham, llega a Eltham, capital del condado, para ponerse a trabajar en el puesto que su padre le ha encontrado como ayudante del ingeniero jefe encargado de la construcción del ramal del ferrocarril que ha de atravesar esta campiña, aún virgen y salpicada de pequeños pueblos. El ferrocarril, monstruo vertebrador, va abriéndose camino por todo el país.  
Paul trabaja duro pero también disfruta de la libertad que supone poder tomar sus propias decisiones y vivir alejado de la constante vigilancia y asesoramiento paterno. A la admiración que siente por su padre se suma ahora la que en él despierta su propio jefe, el señor Holdsworth, joven de mundo, cosmopolita y políglota, de mente abierta e indudable ingenio e inteligencia.

La estancia de Paul Manning en Eltham hará ineludible el encuentro con los Holman, parientes lejanos de su madre, aunque sus deseos de conocer a una familia de agricultores- el padre es, además, clérigo- son más bien escasos. Sus prejuicios iniciales se verán, sin embargo, rápidamente derribados al ir a la granja Esperanza y conocer personalmente a Ebenezer Holman- hombre íntegro, honesto, trabajador, inteligente y de gran bondad y humanidad-, a la señora Holman- de constitución débil pero enérgica y de buen corazón- y a su prima Phillis- dos años más joven que Paul, alta, de gran belleza y sencillez, lectora contumaz, muchacha de gran inteligencia y  cultura, y con la dulce ingenuidad e inocencia de quien no ha conocido todavía el dolor y el engaño.

La breve novela La prima Phillis puede leerse, más allá de la historia de amor, como una historia de iniciación y no solo la de Phillis sino la del propio Paul. Ambos han de aprender de su experiencia y madurar. Una evolución hacia la madurez que tendrá como causa desencadenante la estancia del ingeniero Holdsworth en la granja.

La vida en la granja Esperanza discurre en paz, rica en olores y colores, entre siegas y recogidas, oraciones y cariño. Las deliciosas descripciones de este bucólico mundo de árboles y arroyos, de armonía entre el hombre, la naturaleza y todas sus criaturas, de pureza de carácter y honestidad, recrean un paraíso- me temo que ya perdido para siempre- un locus amoenus de dicha e inocencia, de vida simple y sencilla felicidad. Pero el ferrocarril, y con él el progreso, se acerca peligrosa e inexorablemente.  

La prima Phillis es una pequeña joya- lamentablemente poco conocida- dentro de la narrativa de Elizabeth Gaskell. En ella la autora, una vez más, exhibe sus dotes de gran escritora y de gran conocedora del alma humana. Muy recomendable.



martes, 18 de febrero de 2014

'Mujeres excelentes', de Barbara Pym


"Presumo que una mujer soltera que acaba de rebasar la treintena, que vive sola y no tiene vínculos conocidos, no puede por menos de verse comprometida o interesada por los asuntos del prójimo, y si además es la hija de un pastor cabe decir realmente que la pobre no tiene remedio."
A veces conseguir determinado libro puede convertirse en una ardua tarea pero, si no desesperamos, el libro acabará tarde o temprano en nuestras manos. Al menos así me ha sucedido con Mujeres excelentes, de Barbara Pym. La única edición en que podía encontrarse aquí era la de Anagrama de 1985 y no ha resultado, como os digo, nada fácil hacerse con ella. Por fortuna, y gracias al empeño de mi librería de toda la vida y a la propia editorial, he podido conseguir un ejemplar de esa edición, en perfecto estado e incluso con el sencillo fajín de entonces. Ya os adelanto, la espera ha valido la pena con creces.
 
Y quizás os preguntareis por qué mi empeño en leer a esta autora y esta novela. Bueno, tan solo os mencionaré el apodo con el que se la conoce y todo se os hará claro y evidente: Barbara Pym, novelista inglesa, es conocida como "la Jane Austen contemporánea". Y, a diferencia de otros casos en los que las similitudes de estilos son inexistentes y tan solo un cebo para las ventas, en Barbara Pym sí se hace evidente el influjo de Austen. Y de ella decidí comenzar con esta novela por las magníficas críticas y por ser considera por la mayoría como una de las mejores. Visto el éxito de la lectura de esta primera, de seguro irán cayendo otras de sus novelas poco a poco. Jane y Prudence, que está publicada en Lumen, será probablemente la siguiente que leeré de esta autora. Pero vayamos, sin más preámbulos, con Mujeres excelentes...

La segunda novela de Barbara Pym, Mujeres excelentes, fue publicada en 1952 y un rotundo éxito. Luego vendrían otras once, pero fue gracias a esta segunda con la que logró su gran popularidad en la época. Por desgracia, también a la autora le llegarían, pasado su momento, las vacas flacas. Sin embargo, desde 1977 y gracias a un artículo-encuesta en el suplemento cultural del Times ha vuelto a ser valorada y su obra situada en el lugar que se merece. No puedo opinar de sus otras novelas pero de esta sí diré que es magnífica, tan excelente como la mujer excelente que la narra y protagoniza, Mildred Lathbury.

Mildred, de treinta y pocos, es un mujer soltera, hija huérfana de un pastor anglicano y que empieza ya a asumir el papel solteronil al que se ve abocada. No se queja de su suerte, pero llena su mundo, como toda mujer excelente, con sus labores en la parroquia, sus reuniones de té, el bazar de navidad, el fondo de restauraciones, obras de caridad,... y siempre atenta a las necesidades de los demás. Su pequeña renta le garantiza no una vida de lujo pero sí digna en su pequeño apartamento con baño compartido en una zona no especialmente privilegiada cerca de la estación Victoria, en Londres.
" 'Tengo que compartir un cuarto de baño', había murmurado ya tan a menudo, casi con vergüenza, como si me hubiese considerado personalmente indigna de un baño propio."
Barbara Pym (1913-1980)
"Me apresuraré a añadir que no me parezco en absoluto a Jane Eyre, que debe de haber hecho concebir esperanzas a tantas mujeres feas que refieren su historia en primera persona, y que jamás he pensado en ser como ella." 
Las expectativas de Mildred, como se ve, no incluyen un Mr. Rochester ni una historia melodramática ni un final feliz. No cree que su vida vaya a sufrir grandes cambios en el futuro. Pero la llegada de un pareja, los Napier, para el vacío apartamento de abajo- Helena, antropóloga, y su marido, Rockingham, en la Marina - va a propiciar ciertos cambios. Su vida se verá alterada en cierto modo con nuevas relaciones y nuevas experiencias. Además, sus buenos amigos, el Padre Julian Malory, el vicario con el que algunos quisieran ver casada a Mildred, y su tierna y entregada hermana Winifred verán cómo la llegada a la casa parroquial de una viuda, Allegra, que aceptan como realquilada para aligerar gastos, traerá ciertas complicaciones. Tanto con sus vecinos como con sus amigos de la parroquia Mildred deberá tomar parte, intervenir en cuestiones de índole sentimental.

Mildred es una mujer ingeniosa, inteligente, una gran observador de situaciones, caracteres y ambientes, pero tímida, insegura, con la que todos cuentan y de la que en algún caso se llega a abusar,  y que no acaba de tomar las riendas de su vida. Todos parecen además poder opinar de lo que debe o no hacer para lograr su felicidad.  

La novela es, como digo, una maravillosa lectura, llena de ironía, sarcasmo, sentido del humor, y escenas costumbristas, colocando la lupa, muy al estilo de Jane Austen, sobre los pequeños detalles cotidianos. Y como su predecesora, deja a un lado la realidad de la postguerra para centrarse en la pequeña y cercana realidad por la que siente mucho mayor interés.

Con Mujeres excelentes la sonrisa asoma una y otra vez. Y asoma al mismo tiempo la ternura, la simpatía, la empatía y la comprensión por los demás.  Su encanto radica no tanto en la trama en sí sino en la irónica mirada que sobre ella lanza su narradora-protagonista y en la comprensión del comportamiento humano que la hace una novela de vigencia imperecedera.

"Empecé a entender el por qué la gente podía necesitar beber para encubrir desconciertos y recordé muchas pesadísimas ceremonias religiosas que podrían haber mejorado si a alguien se le hubiera ocurrido abrir una botella de vino. Pero las personas como nosotros teníamos que recurrir a la tetera, y pensé que no era parco mérito hacer la cosas como las hacíamos con tan inofensivo estimulante."  
Recomendación final. Se aconseja, para prolongar el disfrute, hacer una lectura pausada acompañada, a ser posible, de una buena taza de té. El tipo de té lo dejaremos al gusto del lector.

lunes, 10 de febrero de 2014

'Niños en el tiempo', de Ricardo Menéndez Salmón



"La noche más triste nunca es la primera. Pero la primera noche triste es la más larga de las noches tristes por vivir, aquella en que la extensión de la herida se muestra infinita. La noche en que se comprende lo que queda por venir, entre otras cosas la noche más triste."
Ricardo Menéndez Salmón ha publicado no hace mucho, apenas un mes, Niños en el tiempo, su décima novela, con la que asienta aún más su posición como uno de los mejores escritores contemporáneos del panorama nacional. Tras la lectura de La ofensa, (reseña aquí), La luz es más antigua que el amor y Medusa (reseñas pendientes) vuelve a impresionarme con una prosa intimista, de reflexivo y desnudo conceptualismo.

Menéndez Salmón se considera un erizo, siguiendo una de las clasificaciones que de los creadores hace el pensador Isaiah Berlin, y así es. Su mundo literario está claramente definido, y en torno a él construye su obra. El autor no hace pruebas ni intentos varios, no explora otros caminos. Lo tiene claro. Y acierta en su planteamiento. En lugar de experimentos ha decidido depurar su literatura. Como él mismo explica,
"Veo mi escritura como un embudo por el que cada vez pasa menos agua, pero con la condición de que ese líquido sea cada vez más puro."
Pureza expresiva, concepto preciso que inevitablemente hacen que su obra se caracterice no precisamente por su extensión, es más bien una obra breve- Niños en el tiempo, por ejemplo con 221 páginas- pero que encierra en cada una de sus novelas más densidad, más vida, que otras obras de mayor recorrido en cuanto a volumen de páginas

Niños en el tiempo cuenta con una original estructura; es una novela escrita en tres relatos interrelacionados que acaban desarrollando de modo conjunto una idea: el niño en todos ellos es el epicentro, del dolor al principio pero al mismo tiempo del resurgir, del renacer. La herida, La cicatriz, La piel, son los tres relatos que configuran la novela y cuyos títulos nos dan ya idea de esa esperanza, de esa curación. Niños en el tiempo viene a concluir, sin falsas ni cínicas palabras de consuelo, que la oscuridad nunca desaparece del todo pero que, a pesar de ello, "la vida se abre camino" una y otra vez.


De los tres relatos el primero, La herida, es el central aunque no meridianamente colocado, y el de mayor intensidad emocional. El dolor por la muerte de un hijo, el duelo, el distanciamiento de la pareja formada por Andrea y Elena  arrastran al lector, sin melindres ni sentimentalismos, y desde la perspectiva de Antares, por ese desgarro sin límites. Antares, escritor, también analizará desde su dolor el sentido y la utilidad de la literatura como terapia frente a la vida.
"Y se dijo que quizá la literatura no fuera sino otra forma de religión, otra práctica supersticiosa mediante la que se combatía a la mente con un arma fantasmagórica: la palabra."
Los otros dos relatos - el segundo, La cicatriz, es una desmitificación de la infancia de Jesús y el tercero, La piel, continuación del primero- son menos descarnados y aportan un punto poético y metafórico, sobre todo el segundo, que da luz y brillo a un final de tintes épicos. No es una literatura la de Menéndez Salmón que produzca en el lector una emoción pasajera, llega a lo mas profundo. Así en el primer relato de Niños en el tiempo hallamos no a un fíccionador del dolor sino al dolor mismo, sin imposturas.

Recomendar la lectura de Niños en el tiempo, o la obra de Ricardo Menéndez Salmón en general, se hace innecesario, como prolijo es recomendar la buena literatura, la prosa de calidad sin edulcorantes artificiales añadidos. Pura literatura. 
"Quizá los nómadas sufren menos que los sedentarios. Quizá su dolor, al no estar ligado al recuerdo de lugares rígidos, construidos tras años de dedicación, sea más leve, como la arena del desierto o la brisa en los árboles. Quizá. 
Porque su pena entonces, su pena de hombre en la frontera de los cuarenta años, rodeado de bienes de consumo, goces inmateriales y felicidad doméstica, era tan grande como la cantidad de recursos que había empeñado para rodearse de ese mundo. La solidez de los cimientos hacía tanto más profunda la calidad de su herida. Su hijo había muerto y la casa seguía en pie. Era una prisión burlona, macabra. 
Un panóptico de su drama."

lunes, 3 de febrero de 2014

'El hombre que plantaba árboles', de Jean Giono


"Imagino que Jean Giono habrá plantado no  pocos árboles a lo largo de su vida. Solo quien ha cavado la tierra para acomodar una raíz o la promesa de esta podría haber escrito la singularísima narración que es 'El hombre que plantaba árboles', una indiscutible proeza en el arte de contar... Y esa es la conclusión: estamos esperando a Elzéard Bouffier antes de que sea demasiado tarde para el mundo."   
                                                                               (José Saramago)
En torno a 1950, una editorial norteamericana encargó a Jean Giono (1895-1970) que escribiese una historia sobre un personaje real que resultase inolvidable. Y Giono escribió El hombre que plantaba árboles- para "hacer que la gente amase los árboles (...) que amase plantar árboles"- una historia realmente inolvidable pero que al ser su protagonista un personaje ficticio fue rechazada por la editorial. A partir de 1953 el relato circuló libremente, tras ceder el autor todos sus derechos, siendo traducido a doce idiomas y dando pie a la concienciación y creación de asociaciones en defensa de la reforestación. La semilla de la preciosa historia empezaba a  dar su fruto...
 
El hombre que plantaba árboles es un bello y poético relato, aunque sobrio y de corte realista, que cautiva por su sencilla y aparente modesta propuesta. Un joven caminante por parajes desolados e inhóspitos del sur de Francia se topa en su deambular con un solitario, parco en palabras y analfabeto pastor, Elzéard Bouffier, que se dedica a plantar encinas y robles en la desértica zona. Las tierras no son suyas, ni siquiera conoce a los propietarios, pero su generosidad, su humildad, la sabiduría del saber esperar, su amor por la Naturaleza dirigen sus pasos. Bouffier logrará así la felicidad de la Tierra y la suya propia. Como bien decía al narrador un guardia forestal,
"Sabe más que nadie. ¡Ha encontrado una forma perfecta de ser feliz!"
 

Tras este encuentro con este sereno y humilde pastor que vive muy modestamente, el narrador se irá a luchar en la Gran Guerra. Volverá una segunda vez tras el fin de la contienda y en una tercera ocasión tras la conclusión de la II Guerra Mundial. Como podrá comprobar, nada, ni siquiera las guerras, ha alterado el discurrir de  la vida sencilla y apacible de este pastor que, poco a poco ha conseguido cambiar el paisaje de la zona. Los páramos desérticos son ahora, tras cuarenta años, vergeles de verdes bosques, arroyos y manantiales. Y, lo que es más, como consecuencia de este rebrotar de la vida se ha modificado también el paisaje humano, haciendo más afables y humanos a los propios habitantes. Hombre y Naturaleza en un vínculo indisoluble. 
"Todo había cambiado.  Incluso el aire. En lugar de los vendavales secos y brutales que me acogieron las primeras veces, soplaba una leve brisa cargada de aromas. (...), y eso fue lo que más me emocionó, habían plantado un tilo que debía tener unos cuatro años, ya lozano, símbolo incontestable de la resurrección." 
El hombre que plantaba árboles es un pequeña joya, una muy recomendable fábula sobre la bondad y sobre la esperanza en los tiempos por venir. Imprescindible.
"Para que el carácter de un ser humano desvele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la fortuna de poder observar su actuación durante largos años. Si dicha actuación está despojada de todo egoísmo, si la idea que la rige es de una generosidad sin par, si es absolutamente cierto que no ha buscado ninguna recompensa y que, además, ha dejado huellas visibles en el mundo, entonces nos hallamos, sin duda alguna, ante un carácter inolvidable."
 
EN MEMORIA DE MI PADRE,
un hombre inolvidable que amaba a los árboles
 
 


domingo, 19 de enero de 2014

Una pausa...

 
 
... sin fecha límite. Mis disculpas anticipadas por los compromisos que con toda probabilidad no podré cumplir. Sed muy felices. ¡Hasta pronto, amig@s!    
 
  

lunes, 13 de enero de 2014

'Bailén', de Benito Pérez Galdós

 
"No basta la vida, hay que vivirla y esto exige determinar no solo la verdad sino, además, buscar algún sentido."
No se puede estar más de acuerdo con estas palabras de José Luis Mora García. Y se podría extrapolar esta idea para añadir que no basta con la historia, sus desnudos datos y acontecimientos, sino que hay que vivirla. Y a esto contribuye Galdós, el garbancero, acercándonos con vívidas imágenes la historia en sus Episodios Nacionales
 
¡El garbancero! Valle-Inclán, de estilo bien diferente al de Galdós, atacaba así con este apelativo su estilo castizo, coloquial y familiar, quizá un tanto envidioso desde su pobre posición del éxito de don Benito, la estrella del momento. Y es que es ese lenguaje castizo, expresivo, de olor a cocido que diría algún crítico, sencillo- al menos aparentemente-, tan cervantino, el gran atractivo del estilo galdosiano. 
 
El libro favorito de Galdós era El Quijote, y la influencia de Cervantes es palpable allá donde miremos y allá donde enfoquemos su obra. Y en este tomo cuarto de la primera serie de los Episodios Nacionales, Bailén, se hace más evidente que nunca.
  
      
Comenzamos el episodio con Gabriel de Araceli recuperándose de la tres balas que los franceses, la canalla, le han disparado al pretender fusilarle. Nuestro héroe va recobrando el sentido mecido por la acalorada discusión que Santorcaz y Santiago Fernández mantienen sobre la victoria o derrota de Napoleón y sus tropas en España. Santorcaz, buen pillo que ha vivido algunos años en Francia, defiende la victoria gala, mientras que Santiago Fernández, loco ridículo al que llaman el Gran Capitán, el triunfo patrio. Nosotros, con ellos, nos hacemos unas risas. Gabrielillo no tiene fuerzas todavía para ello.

Una vez recuperado acompañaremos a Gabriel desde Madrid a Córdoba, con Santorcaz y Marijuan, un joven criado que va a servir a su ama, la condesa viuda doña María de Oro de Afan de Ribera. Alguna pequeña picardía adorna el camino de los tres y, a la altura de la Mancha, Luis de Santorcaz, cual Quijote del siglo XIX cree ver no ya molinos de viento sino la misma batalla de Austerlitz. Cosas veredes, Sancho, digo, Gabriellillo... El guiño cervantino es no evidente sino manifiesto en este homenaje al ilustre personaje.
"Esto es lo cierto: la Mancha, si alguna belleza tiene, es la belleza de su conjunto, es su propia desnudez y monotonía, que si no distraen ni sorprenden la imaginación, la dejan libre, dándole espacio y luz donde se precipite sin tropiezo alguno. La grandeza del pensamiento de D. Quijote no se comprende sino en la grandeza de la Mancha." 
Gabriel no tiene otro objetivo en ir a Córdoba que dar con su querida y ahora desaparecida Inesilla, cuya ascendencia parece empezara a aclararse y cuyo matrimonio ha sido acordado con- hete aquí, bendita casualidad- el hijo primogénito de doña María, a su vez emparentada con la condesa Amaranta, antigua ama de Gabriel. Inés es en verdad el único interés que lleva a Gabriel a esas tierras, en donde finalmente será testigo y partícipe, aunque un tanto despistado en papeles varios que afectan a Inés y su futuro, en la célebre batalla de Bailén.   
 
 
Nos encontramos en Bailén el ya conocido enredo folletinesco entre Gabriel e Inés- la callada Inés-, seres de ficción y personajes históricos- mezcla de realidad y ficción típicamente cervantina-, abundantes dichos y refranes, humor caricaturesco, humor lingüístico, humor y más humor- las figuras de el Gran Capitán, don Diego, don Paco o el diplomático, por ejemplo, darán al lector alguna alegría- y, como ya es frecuente en esta primera serie, escaso uso del diálogo en favor de la narración y de la descripción de personajes, de plazas, calles y conventos, de situaciones, de precisos ropajes,... 
 
Galdós- escritor de la vida, creador de mundos- nos trae en Bailén un retazo más de nuestra historia, un retrato de una España en pleno levantamiento contra los franceses invasores, de la crueldad de ciertos momentos pretéritos, pero nuevamente bajo una mirada amable arropada por el humor y con cierto fin ejemplarizante, para hacer suya la premisa de Pessoa que dice que...
 
"El arte y no la historia es el maestro de la vida." 
   
Y concluyo ya con unos versos del poema que Luis Cernuda dedicó a Galdós en su último libro, La desolación de la quimera...

"(...) La real para ti no es esa España obscena y deprimente
En la que regentea la canalla,
Sino esta España viva y siempre noble
Que Galdós en sus libros ha creado.
De aquella nos consuela y cura ésta."

Apliquémonos el cuento, que la canalla abunda en estos oscuros tiempos nuestros...


P.D. 1 Animo a Mónica, o a quien corresponda, a organizar más pronto que tarde la lectura conjunta del siguiente episodio. En Despeñaperros, camino de vuelta a Madrid, hemos dejado a Gabrielillo. Nuevas y arriesgadas aventuras se avecinan y no sería de buen proceder dejar a este buen amigo a su suerte...

P.D. 2 Las ilustraciones corresponden  a la edición en la que estoy leyendo los Episodios Nacionales, la edición facsímil que publica JdeJ editores. Preciosa edición a muy bien precio, todo hay que decirlo, y en la que espero continuar leyendo al menos esta primera serie.

  

lunes, 6 de enero de 2014

'El regalo de los Reyes Magos', de O. Henry



Si os digo que este libro que os enseño aquí en esta fotografía incluye relatos de autores como Bécquer, Galdós, Wilde, Chéjov, Christian Andersen, Clarín, Pardo Bazán, Dostoyevski, Stevenson,... os hacéis ya una idea de la calidad del mismo. 'Cuentos para una Navidad' es un libro precioso, su edición muy cuidada, pero además la selección de los cuentos navideños, inmejorable.

Ha sido todo un acierto la decisión de unirme a la propuesta de Alianza editorial y alimentar el espíritu de estas fechas con estos quince clásicos, uno por día, desde el 23 de diciembre hasta hoy mismo, 6 de enero. Todo un deleite el descubrimiento y/o recordatorio de estas historias de pobres huérfanos, amantes padres, ilusiones, generosidad, honradez, sencillez, humildad,...

Y el último cuento que cierra el libro no es ni más ni menos que el inolvidable y conmovedor El regalo de los Reyes Magos (The gift of the Magi), de O. Henry (William Sydney Porter, 1862-1910), que ya había leído en inglés y al que ha sido un placer volver... 
"Un dólar y ochenta y siete centavos. Eso era todo . Y sesenta de esos centavos estaban en peniques; peniques ahorrados poco a poco a base de presionar al tendero y al verdulero y al carnicero hasta que alguno se ruborizaba ante la silenciosa acusación de tacañería que implicaba tan ardua negociación. Della lo contó tres veces: un dólar y ochenta y siete centavos. Y al día siguiente era Navidad." 

Los protagonista del relato son un joven matrimonio, con limitados recursos y luchando por el día a día en el Nueva York de la Gran Depresión, que se regalan mutuamente costosos objetos el día de Navidad. Pero no son los regalos en sí, ni el coste de los mismos lo realmente importante. El valor de los presentes lo  dará, como veremos, la renuncia y la generosidad  que simbolizan, el verdadero regalo de Reyes.

El hecho de que O. Henry, que no tuvo una vida particularmente fácil, lo escribiese en apenas tres horas, presionado por el editor del periódico en el que iba a ser publicado, el New York World, y bajo los efectos del alcohol, no resta un ápice a la magia que la historia desprende. La magia que supone, como muy bien dice Juan Ignacio Alonso,...

"el triunfo del amor y de la grandeza del alma sin paliativos."  

Los últimos años de la vida de O. Henry fueron muy duros, una constante lucha contra el alcoholismo, los problemas de salud y la falta de dinero- la leyenda dice que todo su capital se reducía a lo que llevaba en el momento de su muerte en el bolsillo: veintitrés centavos de dólar. Los finales felices los reservó el autor para sus historias...   


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